Los bebés hacen sonidos que a los primerizos nos asustan. La mayoría son completamente normales. Aquí te explicamos cuáles son cuáles.
Los recién nacidos son animales sorprendentemente ruidosos. Gruñen, resuellan, hacen chasquidos, se quejan, suspiran y respiran con sonidos que a los padres primerizos les parecen alarmantes pero que en la inmensa mayoría de casos son completamente normales.
La razón es anatómica: las vías respiratorias del bebé son mucho más estrechas que las del adulto, tanto en proporción al cuerpo como en términos absolutos. Un milímetro de mucosidad o de inflamación que en un adulto pasaría inadvertido puede producir en un bebé un ruido considerable. Además, el tejido cartilaginoso de la laringe y la tráquea es más blando y flexible, lo que hace que vibre con la respiración.
A esto se suma que los bebés tienen el reflejo de succión muy activo, que pasan mucho tiempo tumbados —lo que facilita el reflujo y los ruidos digestivos—, y que aún no pueden sonarse la nariz. El resultado es una sinfonía de sonidos que mejoran progresivamente con la maduración.
El indicador más fiable del estado respiratorio del bebé no es el sonido que hace, sino su frecuencia respiratoria y su esfuerzo. Una respiración normal en un recién nacido es de 40 a 60 respiraciones por minuto —lo que parece muy rápido para los estándares de adulto pero es completamente normal.
Lo que hay que observar son los signos de trabajo respiratorio: tiraje (hundimiento visible entre las costillas o en la base del cuello con cada respiración), aleteo nasal (las aletas de la nariz se abren y cierran de forma exagerada), o quejido espiratorio (un sonido al exhalar, diferente al inspiratorio). Si aparece cualquiera de estos signos, consulta sin esperar.
El color del bebé es otro indicador clave. Un bebé con buena oxigenación tiene los labios rosados y la piel con buen tono. La palidez intensa o el tinte azulado en los labios son señales de alarma que requieren atención urgente.
La mayor parte de los sonidos que preocupan a los padres en los primeros meses tienen fecha de caducidad. La congestión nasal fisiológica del recién nacido suele resolverse antes del segundo mes de vida. Los ruidos digestivos más intensos —gases, regurgitaciones, gruñidos al defecar— mejoran notablemente entre los 3 y los 6 meses, cuando el sistema digestivo se asienta y el bebé gana tono muscular abdominal.
La laringomalacia (el cartílago blando que produce el estridor al inspirar) sigue su propio ritmo: suele empeorar ligeramente entre el segundo y el cuarto mes, cuando el bebé es más activo y llora más, pero en el 90% de los casos se resuelve sola antes de los 18 meses sin ninguna intervención. Los ronquidos suaves asociados a congestión desaparecen con el proceso catarral. Solo los ronquidos persistentes sin resfriado, que además incluyen pausas respiratorias, merecen una evaluación de adenoides.
En general, a partir de los 6 meses los bebés son mucho menos ruidosos. Las vías respiratorias han crecido, el tono muscular ha aumentado, el reflujo mejora con la introducción de sólidos, y el bebé empieza a pasar más tiempo en posición vertical. Si a esta edad un ruido sigue siendo llamativo o molesta al bebé, coméntalo con el pediatra en la revisión.
Fuera de las emergencias que requieren llamar al 112, hay señales que merecen una llamada o visita al pediatra en los próximos días: cualquier ruido nuevo que no existía antes y no tiene explicación obvia; cualquier sonido que interfiera con la alimentación o el sueño del bebé; un ruido que empeora progresivamente en lugar de mejorar; o simplemente que el bebé "no está siendo él mismo" —más irritable, menos activo, con peor apetito— aunque el ruido en sí te parezca leve. Tu intuición de padre o madre es una herramienta clínica válida. Si algo no te cuadra, consúltalo.
Información orientativa. No sustituye la valoración médica presencial.
Si tienes dudas sobre la respiración de tu bebé, consulta siempre con tu pediatra.